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Confesiones a mí misma

Sobre la vida de una.

Este pequeño relato se lo dedico a aquellos que como yo, no ven claro su futuro o están pasando por un mal momento, y les animo a que escriban sus propios apuntes para sí mismos o para quienes ellos consideren que deben saber cómo se sienten. No os avergoncéis nunca de lo que sentís ante una situación y no calléis, que la boca está para pedir.

Apuntes sobre mi persona. Años 2004-2006

Introducción.

Angustia, soledad, vulnerabilidad, desgana, torpeza, bloqueos mentales, mal humor… y si me apuran, estados depresivos. Son malas estas sensaciones; pero son sensaciones humanas al fin y al cabo que, aunque pensemos que solo las sentimos uno, en realidad las manifiesta todo el mundo alguna vez en su vida, si no todas, al menos una.

Alguien pensará que lo más probable es que tan solo hubiera sentido una o dos de ellas; sin embargo, me atrevo a decir que se equivoca. Quizás algunas de éstas las sentí o las siento con más fuerza, de forma que la balanza de mi espíritu está en constante desequilibrio; pero sí, las sentí todas al mismo tiempo. Y no fue solo de una vez, sino durante dos años consecutivos.

Siempre traté y trato de disfrazarlas por medio de mi aparente alegría y jovialidad e ingenuidad, pero por desgracia para mí, mi cara, mi personalidad en sí, son como un libro abierto que todo el mundo puede leer para interpretarlo a su manera. Ni siquiera mis ganas de superación las pudieron cubrir, y aún sabiendo esto, aquella persona… ¡ese maldito hombre siquiera hizo el ademán de alargar la mano para ayudarme!

Me ahogaba en mi propia frustración por estar viviendo una situación que jamás imaginé que me surgiría, y los únicos que me sostenían en ese mar eran mis padres.

Verán, yo no soy una mujer muy lista. Nunca lo fui y no lo seré en un futuro. Pero tampoco soy tonta. Puedo ser más o menos torpe que los demás y sentirme inferior por ese simple hecho. Un desagradable complejo que llevo arrastrando desde niña y que siempre traté de superar a base de esfuerzos y voluntad. Puedo ser más o menos lenta en mi forma de moverme, hecho que se corrige con la práctica y el tiempo. Y puedo o no tener tan claro lo que quiero para mí. Supongo que esto último es la gota que colma el vaso; porque se preguntarán “¡¿Quién tiene tan claro lo que quiere para uno mismo?!, ¡que me lo digan, por Júpiter!”. No… nadie lo tiene claro, ni siquiera cuando hemos encontrado un lugar en el que sentirnos útiles. Pero es la sensación de uno mismo, que cuando no encaja en un sitio piensa que eso le ocurre solo a él y no al resto del mundo.

Esa es la sensación que llevo teniendo yo durante dos años seguidos.

Se pueden imaginar cómo tengo la cabeza… pero contándoles esto así no les digo nada nuevo, aunque tampoco lo pretendía.

Me llamo Laura, y voy a contarles por qué a una chica como yo le resulta tan difícil de encontrar su lugar en alguna parte de este enorme mundo.

Después de haber vivido aquella pequeña experiencia como pinche en la cocina de un restaurante siendo aún una niña de dieciocho años me animé a seguir aquella línea de la hostelería. Me motivaba mucho la idea de tener un trabajo como aquel, en el la gente disfruta de aquellas cosas hechas por tus propias manos; me complacía saber que a la gente le gustaba la comida que preparábamos. Claro que entonces yo no sabía nada de este mundo y solo me limitaba a fregar y pelar los alimentos. Iba fines de semana, pero por desgracia para mí, era época de exámenes también y me vi envuelta en los agobios propios de los estudiantes; además, se juntó la común idea de hacer una marcha pacífica como consecuencia de la masacre vivida en Estados Unidos, la caída de las Torres Gemelas, todo un símbolo mundial. Así pues, con toda tranquilidad y creo recordar que algo de pesar oculto en el dueño, éste me dijo que no volviera.

Situación/ relación con el profesor

Un año después, tras terminar por fin mis estudios, yo seguía con aquella línea hostelera en mi cabeza, y realicé un curso de formación profesional de cocina. Fueron nueve meses intensos en los que conocí un tipo de gente de los que solo ves una vez en tu vida. Eran buenos compañeros, no puedo negarlo; y me reía mucho con ellos al tiempo que aprendía bajo la presión de aquella profesión.

Mis habilidades no son las mejores en esta sección precisamente, eso lo sabía antes de entrar allí, pero tampoco era una vaga resentida. Hacía lo que podía y aprendí de mis errores, de los que además nos reíamos. Pero también pienso que quizás tendría que haberle dedicado más empeño a corregir mis fallos.

Tras finalizar el curso y conseguir mi certificado me propuse corregir esos fallos y me matriculé en un ciclo formativo superior de restauración. Nadie sabía lo que el destino me tenía preparado desde el mismo momento en el que tomé aquella decisión. Nadie.

Aquel empezó siendo un buen día, lleno de ilusión y energía. Casualmente me topé con una futura compañera de curso en el autobús, una chica que decía estar trabajando en un mcdonalds, que dijo que también le gustaba la hostelería y por eso se matriculó. Tras escuchar el discurso de bienvenida nos dispusimos a comer algo; las tripas sonaban y era una hora prudente para llenar el estómago. Partimos el bocadillo por la mitad y lo devoramos: ella lo terminó en un santiamén, a mí me pilló la sirena… y maldito momento el que decidí reservar el bocado para después de la presentación del profesor y la clase. No llevaba bolsillos, ni bolso; no sabía qué hacer y dejé el bocadillo en una esquina de la mesa metálica sin molestar. ¿Para qué?, a fin de cuentas aquel hombre redondo, bajo y de ancha espalda, me habló con su nasal y desagradable en tono amenazador. No son palabras que tuvieran que tener gran relevancia, pero las tuvieron, y jamás se me olvidaría el instante que dijo que en la cocina ni se comía ni se llevaba comida. Me dio la espalda, presa de un absoluto desconcierto. Miré a mis compañeros con cara de circunstancia y finalmente cogí el trocito de bocadillo cubierto con la servilleta y lo guardé en el bolsillo.

Ya, desde aquel día, aquel hombre clavó sus astutos e irritantes ojos marrones en mí, y no apartaría esa mirada aviesa en el año que íbamos a estar juntos.

Yo hacía lo que podía, hacía las cosas como él decía (aunque debo reconocer que el primer año, como siempre me ocurre, me quise pasar un poco de lista, pero pronto corregí aquel error mío). Suspendí los exámenes teóricos por llevar la contraria y estudiar por mi cuenta; suspendí el primer trimestre de prácticas porque decía que no cortaba bien la comida. Decía que entonces me lo podía perdonar puesto que todo aquello lo íbamos a tirar; pero que en los próximos meses no debía ser así, ya que íbamos a tener clientes reales.

Al mismo tiempo que aprendíamos en la cocina, también lo hacíamos en servicio, en el comedor, con otro profesor; con el paso de los meses de aquel primer año comprobé con absoluta certeza que me gustaba más el ambiente respirado en las prácticas de servicio, que en la cocina. Es posible que este hecho se diera por motivos de compenetración de personalidades: el profesor de servicio era una persona amable y llena de paciencia, y no le importaba repetir las cosas de mil formas diferentes hasta dar con la tecla. Al profesor de cocina le irritaba profundamente tener que repetir las cosas y cuando lo hacía, lo hacía de mala gana, sin buscar fórmulas adecuadas para hacer llegar su mensaje.

Con frecuencia, los lunes, en la pastelería, evitaba que yo tocara el pan. Me costaba aprender a hacer esas bolitas pequeñas sin arrugas; pero al principio todos teníamos el mismo problema ¿Por qué se dirigía a mí con tal mal carácter? ¿por qué me miraba así?, no lo entendía. Y yo hablaba con mis padres, que en un principio pensaron que exageraba, dado que siempre he sido una chica a la que han tenido que dar empujones para seguir adelante en los estudios. Hubo días en que no podía estudiar debido a la cantidad de pensamientos que ocupaban mi mente, y la mayoría en relación con la mala uva de esa persona. Todos los días veía de mil formas diferentes discursos en los que le dejaba con la boca abierta, haciéndole ver que sus modos no eran los correctos. Pero a la hora de la verdad siempre me faltó el valor para hacerlo. Algunas veces iba en el autobús y ni siquiera me bajaba pensando en el malestar que me producía estar en el mismo espacio que él. Total, pensaba, para que me mire mal si me equivoco y tener un mal día…¡y aunque no me equivoque, siempre me mira mal; será cretino, podría tener un poco de consideración, que estoy aprendiendo, caray!.

No. Me temo que esa no era la respuesta, pero debo decir que los días que me escaqueaba eran un alivio.

A mediados de aquel curso traté de hacer un esfuerzo para no dejarme llevar por mis sentimientos. Estaba aprendiendo, era normal que cometiera errores y esforzándome, llegué a pensar que podría aprobar. Lo veía en mi cabeza, no era un imposible.

Me equivoqué.

El muy perro me suspendió la asignatura de cocina y también pastelería. ¡Pastelería!, ¡odioso mono de las narices!. Y servicio. Pero el suspenso de servicio estuvo motivado por otras razones; lo llevaba mejor que la cocina, sin duda, pero el profesor no me consideró lo suficientemente preparada en la práctica como para aprobarme con un cinco.

En el examen de pastelería no pude hacer nada. ¡Cómo iba a hacerlo, si el muy imbécil no quiso enseñarme durante todo el año!. La angustia pudo conmigo y sin querer lloré.

Para el segundo año me propuse ir de pleno hacia aquello que quería, el título. Ya le conocía, sabía qué cartas tenía que jugar y cómo comportarme con él. Lo hice. El primer trimestre sentí que hacía las cosas con ganas y energía, y si me equivocaba no me importaba porque estaba aprendiendo, aunque había cosas que ya debía de saber, y lo sabía, otra cosa es que no me salieran bien por mi falta de habilidad manual. Aprobé todos los exámenes teóricos, me esforzaba en la cocina y en servicio (aunque éste seguía gustándome mucho más). Ese año tenía las cosas muy claras: yo no estudiaba para estar dentro de una cocina; en restauración hay muchas más posibilidades aparte de aspirar a ser un chef. Pero por lo visto, el destino no quería estar a mi favor, y de nuevo me la jugó.

Viendo que todos mis esfuerzos eran inútiles, que no me aprobaba en la práctica de la cocina, y que para más INRI me había insultado alegando que aquello no era para mí, y que no servía para la cocina acudí a mis padres una vez más.

No sé cómo se llevaría aquella conversación puesto que decidí no estar presente, pero sé lo que se habló y la decisión final por lo que me dijeron mis padres, que en esta ocasión descubrieron que yo tenía razón cuando hablaba de aquel ser obeso y patético. Les dijo que no me iba a aprobar de ninguna manera, que me fuera a hacer cualquier otra cosa, pero que la cocina no era el mundo para mí. Poco después también yo hablé con él sugiriéndole si no podía pasar más tiempo conmigo enseñándome en condiciones, pero el muy inepto me dijo que no podía hacer eso porque si no también tendría que hacerlo con mis otros compañeros. Entendí aquella postura, pero también pensaba que qué porras decía ese inútil, sabiendo que mis compañeros a aquellas alturas del curso sabían arreglárselas solos. Me dolió. Como me dolió que desde el primer día del año anterior no depositara una pequeña confianza en mí.

Era marzo por entonces, a dos meses de finalizar el curso, y me salía con esas. Si esperaba que mis padres y yo cediéramos a esas alturas estaba muy equivocado. Yo no tenía ganas de seguir, pero lo hacía, y le echaba valor y constancia, y esperanza. Todo para nada.

Con la moral por los suelos decidí estudiar para el examen extraordinario en junio, y a tres días del mismo, desanimada, llena de rencor hacia su persona, con ganas de llorar y partir el mundo en dos me rendí. Le dije que no iba a hacer el examen señalándole, remarcando que sabía que con él no iba a aprobar por mucho que siguiera estudiando y tratando de mejorar la práctica. Al servicio tampoco me presenté, no porque no quisiera hacerlo, sino porque en el estado de ánimo en el que me encontraba sabía que cometería graves fallos que darían la razón a ese desgraciado que opinaba que la hostelería no era para mí.

Tal vez cometí el error no presentándome, iba a hacerlo en septiembre, en otro instituto, lejos de ese botarate. Pero cuantos más meses pasaban menos ganas de jaleo tenía y menos motivación me llegaba debido a lo complejo que se había vuelto el asunto.

He aprendido una lección valiosa estos dos años; a raíz de estas broncas silenciosas ocurridas en mi mente y las reales, a las que me he enfrentado por primera vez en mi vida, vi necesaria la presencia de un psicólogo, un viejo amigo que me ayudó en su día siendo todavía una niña. A raíz de esta situación me he dado cuenta de muchas cosas sobre mí, y aunque me queda camino que recorrer fomentar mi autoestima es ahora mi mayor prioridad.

Me gusta vivir y hacer que la gente se sienta a gusto conmigo aún cuando no les resulte la más simpática, pero si ellos no le ponen empeño ¿por qué voy a seguir esforzándome sobre algo que no merece la pena?.

Todavía no ha pasado un año entero. Está al caer. Este verano lo he dedicado a estudiar para el carné del coche y tratar de reencauzar mi vida. No ha sido fácil; no es hasta el último instante en el que tomé una decisión, que a mi parecer es la más acertada.

Ahora, pensándolo más en frío sigo creyendo que la hostelería es un mundo muy bonito y muy sacrificado. Pero me gusta, y aunque ahora me dedique a otras cosas más acordes con mi calmada personalidad, quiero creer que en algún momento de mi vida podré terminar mis estudios hosteleros y alzar en alto mi título.

2º final:

Lejos de la verdad, en mi cabeza he pasado horas soñando con ese aprobado. Hubo veces que lo vi tan claro que la ilusión era lo único que me motivaba y me hacía entregarme, aunque fuera mientras fregaba para alejarme de aquel patético gordinflón, soñaba con que en algún momento me aprobaría si seguía esforzándome.

En mi cabeza no era alguien tan desagradable, sino un buen profesor que viendo mi constancia se acercaba a mí corrigiéndome adecuadamente. Si cometía el mismo error dos veces buscaba otra forma de explicarme; si no me salía a la primera me alentaba diciendo “no te preocupes, a la próxima saldrá”. Era alguien que confiaba en mí, que no quería fracasar en su labor de maestro, que se esforzaba por sacar adelante a todos los alumnos.

Siguiendo esa línea, en mi cabeza transcurrían los meses mucho más aireados, más relajados y cada vez hacía las cosas mejor; la confianza crecía y los almuerzos salían bien.

En servicio también imaginaba mi mejora, y ese sí estaba más alcance real, puesto que me gustaba más y estaba más predispuesta.

Finalmente, a mayo, el profesor me entregaba la hoja de notas. Aprobada. Pero había una anotación debajo, algo que decía, que a pesar de todo lo sufrido lo había conseguido y ello se debía a mi esfuerzo y la ilusión de terminar con aquel título en la mano”.

Si eso hubiera sido verdad… Es lo que yo hubiera querido que pasara, aunque la realidad fue otra, mucho más dura, más fría, más dolorosa. Ahora no sé qué me duele más: si el haber estado soñando con el hecho de aprobar o saber que me estaba esforzando para nada. Posiblemente nunca lo sepa, y lo que tengo claro en estos momentos es que me voy a entregar en mi nueva profesión y que voy a conseguir todo lo que me estoy proponiendo.

Situación vivida con los compañeros

Dentro de todo este embrollo mi relación con mis compañeros, tanto con los del primer año como con los del segundo fue buena a mis ojos. Es cierto que siempre estuve más rezagada, y trataba de ponerme a su altura, pero ellos me ayudaban en la medida de lo posible. Quizás, los del primer año menos; éramos muchos más y cada uno tenía sus propios problemas con el profesor, aunque yo tenía la mala sensación de que la tomaba solo conmigo. Me equivocaba en ese aspecto. Sin embargo, muchos me decían a mediados del curso que debería dejarlo, que aquello no era para mí, y me lo decían no porque no me vieran con ganas, sino porque en su opinión, realmente no me visualizaban en aquella profesión.

Con comentarios como aquel mi espíritu se echaba para delante, envalentándose, diciéndome a mí misma que por qué no iba a conseguirlo; ¡por qué alguien como yo no iba a poder trabajar en restauración! No podía permitirlo; quería demostrarles que sí podía. Quizás ese fue uno de mis grandes errores (y que sigo teniendo): siempre actúo desafiando a todo el mundo, y por ser así, cuanto más quería demostrar que sabía hacer las cosas peor me salían y más encima estaban los profesores. Me atosigaban, me bloqueaba… dentro de lo posible trataba de clamarme y aclarar mi cabeza para poder actuar correctamente, pero justo antes de poder hacer esto, siempre tenía a un compañero que se me había adelantado, diciéndome lo que tenía que hacer, o el profesor alentándome a moverme.

Así era imposible para mí terminar de asimilar el aprendizaje, pero no les dije nada porque entendía que el método era aquel, basado en la rapidez y el buen servicio.

A final del primer curso cinco tuvimos que hacer los exámenes de recuperación, teóricos y práctico. Temo que yo era la única con los tres trimestres completos y el examen práctico. Demasiado para un solo día.

De los cinco, dos pasaron al segundo año; los otros tres nos quedamos en el mismo escalón. Yo no entendía por qué mis compañeros habían repetido conmigo, habiéndoles visto en la cocina tan entregados, apechugando con las malas uvas del profesor. Ellos también lo vieron injusto, pero es lo que había.

A principios del segundo año el número de alumnos se reduzco a diez. En menos de tres meses fuimos ocho. Y el método seguía siendo el mismo: división del grupo. Cuatro en la cocina y cuatro en servicio.

¡Y el muy imbécil no tenía tiempo para mí! ¿Quién se cree semejante hipocresía!?

Había una compañera que tampoco iba bien en la cocina. Cada vez que tenía que entrar debía ponerse guantes de látex a causa de una alergia que le provocaban algunos alimentos. En servicio no tenía problemas; lo sabía hacer todo bien porque ya había estudiado un curso de camarero los dos años anteriores.

Yo la veía esforzarse, pero con idénticos resultados que los míos: todo para nada. En pastelería la apartaba, en la cocina le quitaba el trabajo y para colmo de males la ignoraba. Ella salía llorando. Y todas las semanas era la misma historia, y un día dejó de venir a la clase de cocina.

Yo iba porque no tenía más remedio, porque era algo que me había propuesto, porque mis padres me apoyaban y querían que me sacara el título. Ellos me veían con ganas de terminar, pero también fueron testigos de los mal que lo estaba pasando por culpa del profesor, que cada semana me ignoraba más, me quitaba la labor que encomendaba y se dedicaba exclusivamente a aquellos alumnos que iban bien o muy bien.

Con la moral por los suelos yo ya no tenía ganas de seguir y me daba igual que las cosas salieran bien que lo hicieran mal; y las semanas que estaba en la cocina no me iba llorando por no dejar colgados a mis compañeros. Siempre era por ellos por lo que seguía, siempre eran ellos los que tiraban de mí animándome, enseñándome y haciendo lo que se supone debía hacer el profesor. Pero como en el primer año, hubo compañeros que bien aconsejándome me ofrecieron la propuesta de darme de baja para no perder el año y poder así repetir sin haber perdido nada. Tampoco me veían en la profesión; pero yo seguí intentándolo hasta que no pude más porque me ahogaba en mi propia piscina.

Situación vista desde el exterior

Mis amigos no es que se metan en mi vida por propia voluntad. Están ahí porque son mis amigos, sí; pero yo apenas sé de ellos. A veces tengo la sensación de que me dejo ver demasiado… o acaso es que soy transparente como el agua de un río.

Al principio me vieron ilusionada con aquello que había elegido, pero no me llegó de ellos su emoción. A simple vista soy ingenua, y tal vez entonces no me di cuenta, pero sus miradas entre ellos hablaron por sí solas, y recuerdo vagamente verles poco convencidos con mi decisión, que no obstante, respetaron sin decirme nada más.

A menudo tengo la sensación de que ellos solo dicen aquello que yo quiero oír cuando les pregunto por algún consejo, porque opinan que aquel que debe decirme las palabras entre líneas es mi novio.

Cuando la situación es difícil existe en mí una extraña empatía que me impide hablar de ella con naturalidad, no solo me ocurrió con la situación que empecé a vivir durante el curso de restauración, sino que me ocurre con frecuencia. No es que no hable con mi chico por falta de confianza, es simplemente que se me hace duro y tengo que pasar días pensando en las palabras adecuadas.

A final del primer curso los consejos de mis amigos eran simples: ve a por todas, pasa del profesor que tú a lo que vas es a aprender; y recuerdo haber respondido: ojalá fuera tan fácil, pero es que mi futuro está en las manos de ese hombre. ¡Cómo voy a pasar de él!

En el segundo año lo comprendí. Lo hice. Yo iba a aprender, no ha pelearme con el profesor, pero las circunstancias me llevaron a ello, y esta vez no me quedé callada ni quieta. La situación se fue complicando hasta el punto de que fuera estaba mal. Como siempre trataba de ocultarlo a través de una pantalla de ingenuidad y jovialidad, aunque en el fondo estaba llorando y pataleando. Llegué a decirle a mi novio que no me hablara del asunto, de las decisiones que tenía que ir tomando porque me hacía sentir mucho peor.

No sé si estando yo ausente entre ellos lo han hablado; yo sospecho que sí, porque todas aquellas cosas que me decía mi chico, de que lo dejara, de que no me amargara más, eran en realidad las palabras de mis amigos en boca de un portavoz.

¿Tan difícil es que me lo dijeran ellos mismos? No creo. Uno de ellos, alguien que es capaz de pensar como una chica, que puede llegar a entender mis motivaciones me lo dijo claramente, y para entonces yo ya estaba pensando en alguna maldita solución. Era un agobio constante que solo se calmaba con el cansancio. Pero los malos sueños nunca se van, y todavía a estas alturas me cuesta admitir que he fracasado en algo que tanto quería.

Mis padres no lo consideran un fracaso y me animan recordándome que mucha gente deja los estudios por situaciones parecidas a la mía. Mi amigo opina que es cierto, y que no por ello debiera rendirme, pero que no obstante, por mi bien debía dejar la hostelería de lado y dedicarme a otra cosa.

Ninguno me dio opciones. Me decían que buscara otra cosa, pero nadie me daba ideas. Empecé a preguntarme qué se me daba bien y qué no. Qué es lo que quería y qué no. Cuáles eran esas habilidades buenas de las que tanto hablaba mi padre. Y busqué.

Hubo ocasiones en que lo tuve claro: seguir en la línea de la hostelería por pastelería, que era la rama de la cocina que realmente siempre me ha gustado. El problema estaba en el destino. ¿Málaga? Controlada por conocidos que le debían favores a mi padre?; ¿Jerez?, donde se presentaba la misma situación… mi padre no lo tenía tan claro, y se agobiaba.

Mi decisión de trabajar la acogió mejor de lo que me esperaba. No era mala porque entendía mi postura, pero me advirtió de que una vez que empezara ya no habría marcha atrás; no podría volver a estudiar, y si lo hacía me costaría. Mi chico no opinaba igual: decía que debía seguir estudiando algo, pero no me dio posibilidades o no sabía dármelas.

No ha sido mi mejor verano, debo reconocerlo, pero en todo momento he tratado de que no fuera dramático. Siendo agosto, casi había tomado la decisión de hacer pastelería o trabajar. Todo dependía de si me llamaban o no. Y a las puertas de septiembre me informé sobre las asignaturas del curso de grado superior de secretariado y abrí el camino por ahí.

Con esta elección he visto a mis amigos más convencidos que con la última. Ahora solo me queda superar los malditos complejos que llevo arrastrando desde la infancia, y sé que ellos me ayudarán en la medida de lo posible.

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