BEBER DE LA MUERTE
Tiempo atrás, cuando éramos unos críos, mi hermano siempre andaba leyendo novelas de terror, sobretodo, historias de vampiros y fantasmas. Al principio no vi nada malo en ello. Siempre era bueno cultivar un poco la imaginación. Pero con el tiempo, aquellas lecturas se convirtieron en una obsesión y en su único placer. Yo solía decirle antes de acostarnos que tanta novela de terror le terminaría absorbiendo el alma. No lo decía en serio; era sólo que quería que se centrara un poco más en el mundo real. Pero él siempre me respondía que el alma era un estado puro de la muerte y por tanto, ésta no existía de verdad. “¿Entonces, la muerte es una ilusión?” le pregunté. “No. Claro que no” respondió.
Casi veinte años después encontré el cuerpo de Joe tendido sobre el suelo del sector ocultista de la biblioteca con las cartas donde explicaba su muerte; y a mí mismo preguntándome cómo había llegado a aquellos extremos y por qué.
La primera vez que leí las cartas no comprendí muy bien lo que estaba ocurriendo. Pero en cada lectura que hacía descubría algo nuevo. Y ese algo me hizo experimentar el miedo por primera vez en mucho tiempo. Mi hermano no sólo leía novelas de terror, sino que también conocía ese mundo de verdad y quería formar parte de él.
En su primera carta contaba cómo conoció a su agresor unos años antes, cómo llegó a confraternizar con él y cómo, estando con él, le invadía una sensación de paz imposible de expresar con palabras.
En su segunda carta explicaba cómo fueron sus primeras visitas al submundo. Vampiros, demonios, fantasmas…todos le fascinaban. Era un mundo extraño en el que todos parecían humanos, personas normales y corrientes pero que en realidad no lo eran.
Todos los días veía a alguien de aquel mundo, andando por la calle con otras personas, hablando con naturalidad, riendo, gritando, disfrutando de la vida… era un secreto tan bien guardado que ni el gobierno sabía de su existencia… ¿o tal vez sí?
En las siguientes cartas, Joe narraba los cambios que estaban experimentando su cuerpo y su mente hasta que murió. Fue entonces cuando nació la bestia en la que se había convertido; y la última, estaba escrita a modo de disculpa. Disculpa por no confiar en mí ni tampoco en sí mismo.
Pero yo no podía perdonarle.
Ya estaba muerto cuando encontré su cadáver en la biblioteca, con las cartas metidas en un sobre dentro del bolsillo interno de su chaqueta de cuero negra. Y por lo que sé ahora, fue el propio forense de la policía quien lo dejó allí y se puso en contacto conmigo.
Me engañaron. Por eso no puedo perdonarle.
Estar clínicamente muerto significa que tu corazón ha dejado de funcionar y que tu cerebro ya no genera electricidad, y por tanto, no puede concebir pensamientos ni realizar órdenes psicomotoras. Y Joe estaba en ese estado cuando yo lo encontré. Pero no era verdad.
Aquel día, cuando llegué a casa, mi hermano me estaba esperando. Su figura era una sombra recortada en la ventana. Me saludó con despreocupación al tiempo que yo lo miraba sorprendido y con desconfianza. ¿Era Joe de verdad? Pensé. ¿O era una ilusión; un nítido recuerdo que mi mente proyectaba acorde con mi estado de ánimo?
-Comprendo la confusión que debe generarte el verme así. Pero entiéndelo, no es culpa tuya.
La figura avanzó silenciosamente hacia mí y en una fracción de segundo mis ojos la perdieron. Luego, apareció ante mí y comprendí que aquel ser no podía ser humano. Sentí caer el sudor por mi frente y mis manos y mis piernas temblaron negándose a moverse. Joe esbozó una mueca sonriente.
-¿Lo ves, Adam?- Me susurró. -A esto me refería cuando dije que el alma era un estado puro de la muerte…
-Estás muerto. -Le respondí entre titubeos.
-Bueno… yo no lo diría de esa forma, hermano. Pero si así te resulta más fácil de entender… entonces de acuerdo. Estoy muerto. Soy un alma que bebe de la muerte para sentirse vivo… lo que en términos más vulgares, los humanos llamáis vampiro.
-Eres un monstruo.
-Soy todo lo que la gente corriente desea, Adam. Un alma libre de su cárcel que ha encontrado el camino hacia la pureza del ser…
-Estás enfermo.
Se encogió de hombros y torció el gesto en una mueca burlona. Desapareció de mi campo de visión una fracción de segundo y apareció junto a la ventana dispuesto a marcharse. “¿Sabes cuál es tu problema, Adam? nunca fuiste capaz de ver más allá de tu “realidad”. Por eso no eres capaz de vernos”. –Saltó.
Tardé unos minutos en recuperarme, y cuando por fin pude moverme me asomé a la ventana. Pero mi hermano ya no estaba. Me aparté dejándome caer al suelo derrotado y entonces escuché su voz riéndose de mí y retándome a darle caza.
Juré que así lo haría hasta que uno de los dos cayera.
Tres años después continúo rastreándolo.
Sé que estoy cerca, pero no es suficiente. Sin embargo, ahora que conozco el submundo, y que he visto la muerte tan cerca, comprendo lo vulnerable que es el ser humano en la oscuridad.

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